jueves, 11 de abril de 2013

Recordando un día de esos...

Aún recuerdo esa reunión del 15 de diciembre en Madrid. Hacía frío y estaba nublado. Era sábado y estaba decidida a querer escuchar, a querer saber. Todo un día en una sala de biblioteca escuchando palabras y, en ocasiones, aguantando lágrimas. Porque sí, porque la vida es dura y no conocemos ni la mitad. Y porque también hay decididos a cruzar el charco, viajar a miles de kilómetros de casa, irse lejos o irse un poco más cerca. Todo, con la única motivación de ayudar. Y esta fue precisamente la premisa con la que nos encontramos todos los que acudimos a la reunión de voluntarios que se celebró en Madrid gracias a la ONG Padre Usera y a las Hermanas Amor de Dios. 

Perú, Mozambique, Bolivia… son muchos los lugares que necesitan de la colaboración de las personas. Y allí, algunos de los voluntarios abrieron los ojos. Pero también de allí trajeron las palabras adecuadas para intentar abrírselos a los demás. “Quieres ir a ayudar, pero a quien finalmente ayudan es a ti”. Esta era la frase más repetida que compartían todos los voluntarios internacionales. Personas de todas las edades, porque para ayudar, no hay edad. Jóvenes, no tan jóvenes o esos cinco estudiantes de medicina capaces de dejar con la boca abierta a todos. No, no hay edad y tampoco debe haberla. 

Pero también un recorrido por Mozambique y estos futuros médicos hacen darte cuenta de la dureza que implica. Algo que también debe quedar claro. Situaciones extremas y peligrosas, no tan extremas, incluso habituales. Enfrentarse a un viaje de estas características implica saber que te puedes encontrar con todo eso, y con más, y que va a ser duro. En ocasiones, mucho. Pero también la mayoría de los voluntarios sabían que iba a merecer la pena. Y así lo quisieron hacer saber. 

La reunión recorrió cada uno de los puntos de su experiencia y cada uno de los recuerdos que habían recogido. La mayoría, buenos. Pero sus viajes solidarios no los contaban sólo sus palabras. Su tono, su voz, sus emociones fueron los protagonistas reales. Y todo su trabajo allí. Toda y cada una de las aportaciones que lograron hacer. Cada palabra estaba marcada por la nostalgia y por los momentos que sólo ellos vivieron, por las escenas que sólo ellos presenciaron. Pero todos, con sus inmensas ganas de contar, transmitían seguridad y confianza. Todos lograban convencerte, todos te hacían querer formar parte de cada uno de esas situaciones, de cada ayuda a un niño en el centro de Bolivia, de cada colchón entregado a alguien en Perú o de cada medicina ordenada en la farmacia de Mozambique. 

Las ganas de ayudar, ver cómo la gente lo hace y querer sentirte así. Todo esto es capaz de hacer que lo que empezó siendo un nuboso y frío día de Madrid terminara con calidez en la mirada y posibles planes para este año… o el que viene. Sin fechas fijadas, pero sí programadas y con mucha gente preparada para afrontar uno de los retos más grandes.

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